¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios... e hiciere afrenta al Espíritu Santo?. - Hebreos 10:29.En su libro “Lucha por un alma”, un creyente se refiere a sus conversaciones con un jefe del nazismo. Durante la detención de este último en Israel –por haber mandado ejecutar a cantidades de judíos durante la segunda guerra mundial-, el creyente lo visitó trece veces. Finalmente lo acompañó hasta el lugar de ejecución y oyó sus últimas palabras.
Al principio, tuvo escrúpulos para hablar a ese hombre sobre el perdón de los pecados por medio de la sangre de Cristo. Pero la ilimitada gracia de Dios, que está a disposición de todos los pecadores con tal que se arrepientan sinceramente, le animó a tratar de salvar de la eterna perdición el alma de este hombre que había pecado tan terriblemente contra Dios. Ese alto oficial, quien desde su escritorio decidía con sangre fría la penosa muerte de innumerables personas, dijo hasta el último momento de su vida: -No necesito a nadie que muera por mí. No necesito el perdón de pecados y tampoco lo quiero.
Quizás, algunos se pregunten si la ejecución de un criminal es el punto final de su existencia. No, pues todos los seres humanos, hayan estado o no en presencia de un juez terrenal, deberán presentarse ante el tribunal de Dios y recibir su justa condenación... a excepción de los que en su vida creyeron en la obra redentora del Señor Jesús y aceptaron el ofrecimiento de su gracia. Todos los hombres necesitan el perdón divino.
